El nacimiento de una marca, ya sea personal o de producto, conlleva un compendio de procesos filosóficos y técnicos interminables y, muchas veces, incosteables.

Así pues, el futuro empresario, comienza a idear estrategias de colaboración para que, al mismo tiempo de ahorrar costes, la marca vaya adquiriendo valor. 

La sostenibilidad de estas estrategias, es decir, que las acciones se puedan llevar a cabo de forma estable, es vital para sacarle el máximo rendimiento a la acción y, al mismo tiempo, vincular a la marca con un valor esencial: la ética profesional.

La ética profesional va a adquirir el máximo protagonismo cuando el futuro empresario quiera realizar alguna acción para impulsar el desarrollo de su marca, porque, conseguirá más beneficio beneficiando que adquiriendo todos los beneficios para la marca en sí.

Es decir, la marca será la protagonista solo en el momento que su calidad la preceda, cuando su desarrollo sea tan exitoso que todos quieran adquirirla, hasta ese momento, la marca es, incluso, objeto de uso sin valor más que la mera transacción comercial que se haga para adquirirla.

Sin embargo, el futuro empresario, velará por colocar a la marca en primer plano, en el centro del universo de esos consumidores que está empezando a adquirir y para llamar la atención de esos nuevos consumidores, lo más práctico es estrechar alianzas con aquellos quienes para él representen el conjunto ideal. Así pues, el empresario se convierte en sponsor.

El sponsor, es la figura publicitaria que invierte recursos para dar a conocer su producto. Esta inversión debe quedar especificada en contratos de contraprestación publicitaria, donde quienes intervienen acuerdan que se benefician mutuamente teniendo en cuenta los intereses de cada quien.

Entonces, surge la figura del partner, para colaborar en el desarrollo de la marca y el brand ambassador, para la promoción.