Desde su nacimiento, la mujer va adquiriendo una sensibilidad a la protección a otro ser y, aunque parezca estereotipada, con tantos mensajes contradictorios, la función biológica de la mujer le otorga el poder de procrear y sobre todo, la de proteger.

El poder de procrear, llevar en su vientre a una nueva vida que dará forma a la sociedad, conlleva la gran responsabilidad de velar por el sano crecimiento de la familia que es el núcleo de una nación, por ello, la madre es tan importante.

La educación que la madre dé al nuevo ser, representa el equilibrio de las relaciones interpersonales del ser humano que se forme. Las correcciones que la madre hace al hijo en sus primeras etapas deberán servir para orientar sobre actitudes inadecuadas para, sin anular su personalidad, enseñarle los valores eternos a fin de que sea un buen ser humano.

En este acompañamiento, la madre que se desprenda de su ego, ese que le hace llegar a concluir que un hijo debe hacerla feliz, hará feliz a su hijo. En cambio, la madre que, de forma autoritaria, exija obediencia, atención y demás beneplácito, no estará cumpliendo su labor protectora y creará desequilibrios irreparables en la relación.

Con todo lo anterior, la madre se coloca en centro de la familia, siendo la responsable del equilibrio de todos sus componentes y sí, ser madre le otorga un gran poder a la mujer, pero sobre todo, una gran resposabilidad.