Tal y como lo hiciera Pigmalión, personaje conocido por crear hermosas estatuas que contemplaba en ausencia de una mujer perfecta para él, lo hacen en la moda los grandes diseñadores de alta costura, maquilladores, estilistas, orfebres y demás. Buscan a la mujer hermosa que consiga enamorar y si para ello tienen que esculpirla, lo hacen.

La línea que separa una modelo de una miss es muy tenue y va con el carácter de cada mujer. Así como en una modelo se identifican expresiones faciales neutras en una miss se identifica una personalidad que, generalmente, está marcada por la agenda de actualidad internacional, generalmente, conflictos en los que pueda mediar. Aunque, en el último decenio la diferencia entre ambos cánones es casi inexistentes, tanto que las modelos han tomado el micrófono, o el teléfono, mejor dicho y se han hecho virales exponiendo su activismo a favor de «un mundo mejor». Entonces ¿qué hace a las misses únicas? la corona. 

Veamos, por cánones, la arquitectura de una miss, basándonos en la percepción sensorial de la sociedad actual:

Talla: el canon sigue siendo medidas 90-60-90, es decir: busto del tamaño de la cadera y una cintura pequeña. Aunque surjan modas inclusivas, donde en concursos de belleza estándares participen mujeres maxi tallas, siempre termina ganando el canon establecido.

 Estatura: las mujeres altas impactan desde lejos porque se diferencian del resto. Aunque un gran número de mujeres conquistó la corona de los concursos de belleza más importante con solo 1,70m de estatura, la medida preferente por los preparadores de misses siguen siendo más de 1,80m.

Etnia: la gran influencia de los concursos de belleza en la comunidad latinoamericana, asiática y africana, propician que los rasgos de las ganadoras tiendan a ser de dichas procedencias. El elemento exótico en el color de piel, tono del cabello y fisionomía son los favoritos. Aunque no se descarta, evidentemente, los rasgos caucásicos como favoritos dentro del top 10.

Pasarela: de acuerdo a cada concurso se desfila en: traje típico, donde la conversión a fantasía de los elementos icónicos es la clave para hacer espectáculo; traje de baño, caderas que bailan a un ritmo frenético con el cabello en el movimiento de una forma suntuosa y los hombros casi inmóviles sin dejar de sonreír; traje de gala, elegancia que se expresa por movimientos lentos, sonrisa amplia y movimiento sutil de manos que estrechan la cintura y algún contorneo de hombros.

Oratoria: es importante tener una dicción fluida, que se logra con oraciones cortas y, además, diseñando una respuesta en forma de embudo: de lo general a lo específico, es decir, que primero haga referencia a la actualidad y luego lo relacione con la pregunta que le haya formulado el jurado que, por lo general, son conflictos que se deben abordar de forma justa, sin fanatismo religioso, político o social.

Personalidad: la espontaneidad es tan admirada como la elegancia de saberla moldear para no parecer vulgar, no caer en el abuso de confianza ni en el exceso de notoriedad, saber escuchar, pero tener la máxima atención en todo momento; por otra parte, la discreción es un rasgo de sabiduría, pero muchas veces, por demostrar discreción extrema, se puede caer en la antipatía. Lo que está claro es que una mujer tímida nunca va a despertar la confianza del jurado, autoridades gubernamentales, figuras empresariales o del público. 

En resumen, podríamos analizar a cada una de las misses que resultaron ser ganadoras de una corona de belleza en los concursos internacionales importantes y coincidiríamos en que el equilibrio entre sobriedad y espontaneidad, la altura y medidas dentro del canon de belleza establecido en dichos concursos y, sobre todo, el dominio de la expresión oral y gestual, son, sin duda, los rasgos más idóneos. Ese encanto natural que posee esa mujer y que los arquitectos de misses solo deberán potenciar.